Ante el crecimiento de las compras en línea es necesario mejorar la seguridad de las operaciones y acelerar las compras a través de una opción 100% digital

La pandemia y la masificación de las nuevas tecnologías de pago han fomentado la transformación de productos tradicionales a digitales. Un ejemplo es la creciente oferta de tarjetas virtuales que brindan mayor seguridad, comodidad y control de gastos.

Durante la crisis del COVID-19, 4 de cada 10 personas abrió una cuenta bancaria en Latinoamérica, y de esas, un 60% lo hizo en línea, en un reflejo del avance de los nuevos canales financieros.

En este contexto, una tarjeta virtual le permite a la banca tradicional acercarse al usuario, transformar sus productos y agilizar las respuestas con el fin de mejorar la experiencia.

Para entregar una tarjeta virtual es necesario contar con un proceso de identificación del usuario. Para ello se requiere de un onboarding totalmente digital que el banco debe estar en capacidad de lograr tecnológica y legalmente.

La facilidad y rapidez de este proceso determinará el camino para lograr la fidelidad del nuevo cliente, y al mismo tiempo, debe considerar y cumplir con todas las regulaciones para aprobar los procesos de know your customer (KYC), como los relacionadas a la prevención de lavado de dinero y usurpación de identidad.

Seguridad de la tarjeta virtual

La seguridad es fundamental para los usuarios y, por ende, abre una oportunidad para los bancos de ganar la confianza de sus clientes.

Por eso, la tarjeta virtual debe considerar herramientas que dan mayor firmeza a las operaciones: códigos de valor de verificación (CVV) dinámicos, contraseñas de un solo uso y una app amigable y funcional, además de la convivencia con la tarjeta física sin numeración.

Los CVV dinámicos son más seguros que los fijos impresos en las tarjetas tradicionales, puesto que los primeros se renuevan constantemente y evitan una fácil captura.

Esto permite emitir tarjetas físicas sin numeración. El objetivo es similar al anterior: que terceros no tengan acceso a los números de identificación, pues podrían ser usados para realizar compras por internet o de otras maneras fraudulentas.

En necesario también desarrollar una aplicación que ofrezca una experiencia de usuario amigable, intuitiva y con menor riesgo de suplantación, aprovechando la biometría para la autenticación y aprobación de movimientos bancarios.

Cada vez que el cliente quiera usar su tarjeta digital para una compra por internet deberá entrar a su aplicación, previo reconocimiento biométrico, revelar los números de su tarjeta virtual además del código CVV dinámico y asegurar la operación con el ingreso de una contraseña única que el banco envía al usuario.

Todo esto hace que vivan un procedimiento ágil y práctico.

La rapidez de la tarjeta digital

La aprobación y emisión de la tarjeta digital es enemiga de la burocracia y de la visita a la sucursal del banco. Con la necesidad del cliente en la mira, las instituciones financieras deben poner a su alcance la posibilidad de empezar sus compras inmediatamente, luego de culminar el proceso de onboarding digital.

Según Statista, las ventas de comercio electrónico en América Latina podrían ascender a US$ 160.000 millones en 2025, un aumento del 88% en relación con el 2020. Estas cifras confirman la sensación general de que las nuevas generaciones prefieren las alternativas digitales.

La emisión digital ahorra varios días hábiles que antes eran absorbidos por la entrega de la tarjeta tradicional a domicilio y su activación.

Asimismo, la navegabilidad dentro de la app debe contener una experiencia de usuario (UX) rápida y sin baches, por ejemplo, permitir la copia de los dígitos virtuales con pocos clics y el reconocimiento automático del código enviado por el banco.

Otra ventaja de la tarjeta digital es que reúne en la aplicación las operaciones hechas por el usuario. De este modo, se registran los movimientos de las cuentas, que pueden ser convertidos en gráficos de gastos e ingresos, permitiendo al cliente ver y reconocer sus operaciones y así establecer metas financieras.

Así, el usuario puede limitar los montos de gastos de la tarjeta o domiciliar pagos. Es decir, la app puede convertirse en un gestor de finanzas personales (PFM, por sus siglas en inglés).

En resumen, la seguridad, la rapidez de entrega y uso, y la posibilidad de ayudar al usuario a organizar sus finanzas personales convergen en el “plástico” digital y amplían la oferta de soluciones de los bancos para sus usuarios.

 

 

Andy Tran